CONSEJOS No Mandamientos
A pesar de mis años,
aun no logro comprender el por qué algunos líderes eclesiales se han dedicado a
la tarea de comunicarnos a un Dios de Amor que aparentemente está pendiente de
mis errores, para castigarme. Creo que el único afán, de esos líderes
eclesiales, es asustarnos, para que, teniéndole miedo a Dios, les obedezcamos a
ellos ciegamente.
En mi humilde opinión,
nuestro Amoroso Padre Dios nos ha creado por Amor y con Amor nos sostiene. De
hecho, se hizo hombre para mostrarle al resto de la creación lo enamorado que
está de mí.
Alguno me dirá: “¿Me
ama? ¡Pero existe el mal! ¡Hay gente que sufre!”, a lo cual yo, humildemente
responderé, con las mismas palabras de Albert Einstein: “El mal no existe, o al menos no existe por sí mismo.
El mal es simplemente la ausencia de
Dios”… en el hombre, o con las mismas palabras de Siddhartha Gautama: “El sufrimiento
deriva de los deseos humanos”. Es evidente que, el
mal simplemente es el resultado de nuestra lejanía de Dios y el sufrimiento es
el producto de nuestros deseos mundanos. El mal –incluyendo los sufrimientos-
es consecuencia del mal uso de nuestro libre albedrío.
Sirva lo anterior para
llegar a la siguiente conclusión: El Decálogo de Dios ¡NO SON MANDAMIENTOS!,
puesto que, si Dios nos estuviera obligando a hacer o a no hacer algo, por la
vía de un mandato, entonces ¿para qué nos otorgó el libre albedrío? Si lees bien el Decálogo de Dios, comprenderás
que son los hermosos CONSEJOS de un Padre Amoroso, para que seas feliz.
Amar a Dios, por
ejemplo, nos beneficia más a nosotros que a Dios. ¿Qué puedo darle yo a Dios
que a Él lo beneficie? ¡Qué amemos a Dios no lo hace ser más Dios de lo que ya
es! ¡No hay forma de que sea más Grande, o más Poderoso,… o más Dios, de lo que
ya es! En consecuencia, mi amor no le añade nada a Dios. El beneficio de amar a
Dios es para mí, puesto que soy yo –criatura- quien necesita de su creador.
¡Soy yo quien necesita estar cerca de la fuente misma de la vida! ¡Si te alejas
de la ‘fuente de la felicidad’ con seguridad sufrirás! Por eso te ACONSEJA que:
“Ames a Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”.
Después de que nuestro Amoroso Padre Dios siembra la semilla la semilla de la fe en nuestros corazones, es necesario que nosotros alimentemos y cuidemos esa semilla. Santo Tomás explicaba que, entre los que vean a Dios en su esencia, uno le verá más perfectamente que otro. Y esto es así porque, el entendimiento que más participe de la luz de la gloria, más perfectamente verá a Dios. Y nos aclaraba que, tanto más participará de la luz de la gloria cuanto más amor tenga, pues donde el amor es mayor, mayor es el deseo; y el deseo, de alguna manera, capacita y prepara al que desea para conseguir lo deseado. Concluía entonces que, aquel que tenga más amor, más perfectamente verá a Dios y más feliz será.
Después de que nuestro Amoroso Padre Dios siembra la semilla la semilla de la fe en nuestros corazones, es necesario que nosotros alimentemos y cuidemos esa semilla. Santo Tomás explicaba que, entre los que vean a Dios en su esencia, uno le verá más perfectamente que otro. Y esto es así porque, el entendimiento que más participe de la luz de la gloria, más perfectamente verá a Dios. Y nos aclaraba que, tanto más participará de la luz de la gloria cuanto más amor tenga, pues donde el amor es mayor, mayor es el deseo; y el deseo, de alguna manera, capacita y prepara al que desea para conseguir lo deseado. Concluía entonces que, aquel que tenga más amor, más perfectamente verá a Dios y más feliz será.
El segundo consejo nos
lo da para que evitemos alejarnos. Si no tomamos a Dios en serio, ¿cómo pues lo
procuraremos? Sin este segundo consejo no es posible ejercitarnos en el
primero. ¿Cómo puedo amar a Dios si no lo respeto? Si pronuncio Su Nombre en
vano, sin respeto alguno, ofendo su dignidad y en consecuencia la mía propia. Al
ofender a mí Creador me ofendo a mí como criatura, ergo me alejo de la ‘fuente
de la felicidad’. Quizás por esto quiso nuestro Amoroso Padre Dios que la
verdadera pronunciación de Su Nombre se desconozca en la actualidad.
Dedicarle un día a la
semana a la oración y al sano entretenimiento me beneficia más a mí que a Dios.
Un día
para deslastrarme del mundo y darle alimento a mi espíritu, sólo me
puede beneficiar a mí. El Prefacio Común IV de la Celebración Eucarística
hermosamente reza: “Aunque no necesitas
nuestras alabanzas, ni nuestras bendiciones te enriquecen, Tú inspiras y haces
tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación”. Sino
fuera porque nuestro Amoroso Padre Dios inspira nuestra oración no nos fuera
posible acercarnos a Él. Pero, ¿cómo nos va a inspirar si no le dedicamos algo
de tiempo a la oración? Recuerden: ¡LIBRE ALBEDRÍO!
Muchas otras
connotaciones podemos esgrimir acerca de cada uno de los hermosos Consejos del
Decálogo de Dios, las cuales espero detallar en futuros artículos, pero en este
artículo me quiero detener en el cuarto Consejo, puesto que es el primero que
viene con una promesa incluida. Con este preámbulo, espero hayan comprendido
que, ejercitarnos en los Consejos descritos en el Decálogo de Dios, nos
permitirá estar cerca de la fuente misma de todo bien y, mientras más cerca
estemos, mayores serán los beneficios de los que gozaremos.
Si bien es cierto que,
la Promesa de la que les hablo, se encuentra tácita en el resto de los
consejos, en el cuarto Consejo la Promesa es explícita. Como todos sabemos, la
Biblia es quizás el Libro con mayor número de alteraciones e interpretaciones
posibles. En este orden de ideas, según sea la versión bíblica que tengamos a
la mano, al leer Deuteronomio 5, 16, verificaremos que nuestro Amoroso Padre
Dios dijo:
“Honra a tu padre y a
tu madre para que tengas larga vida y goces de mis bendiciones”
La palabra ‘bendición’ significa simplemente ‘bien decir’, o lo que es lo mismo ‘hablar bien de alguien’, o
más
propiamente ‘desearle bien a alguien’.
Ahora bien, ¿a quién Dios le ‘hablará bien de ti’? Pues a tu jefe, a tus profesores,
a tus compañeros de trabajo, a tus compañeros de estudio, a tus vecinos,… a
todo aquel que se encuentre contigo. Incluso, si por razones de karma o debido
a tus faltas de buenos juicios, en tu caminar te encuentras con algún
delincuente o ladrón, pues nuestro Amoroso Padre Dios le hablará bien de ti
para que no te maltrate ni te haga daño alguno, más allá de la simple pérdida
de algún objeto material, lo cual quizás te sirva de instrucción para tu
crecimiento personal y/o espiritual. Aunque no lo creas, a veces es necesario
vivir algunos sinsabores para corregir nuestro caminar.
De manera que, cuando
en el ejercicio de nuestra paternidad les respondemos a nuestros hijos “¡Dios
te bendiga!”, en ésta sencilla oración le estamos deseando grandes beneficios,
puesto que al pedirle a nuestro Amoroso Padre Dios hable bien de nuestros hijos,
la Efectividad y Eficiencia del Hablar de Dios, proveerá a nuestros hijos de ‘salud’,
‘seguridad’, ‘gozo’, ‘dignidad’,… en fin, de ¡LA PAZ QUE SÓLO DIOS LES PUEDE
DAR![i]
Si lees detenidamente
el cuarto consejo del Decálogo de Dios, podrás observar que, para ‘gozar’ del ‘bien
hablar de Dios’ es condición ‘sine qua non’[ii]
que ‘honres a tu padre y a tu madre’. En consecuencia, para que la Promesa de
nuestro Amoroso Padre Dios se cumpla en nosotros es INDISPENSABLE, como hijos, ¡HONRAR
A NUESTROS PADRES!
De lo anterior se
deduce que, el uso, gozo y disfrute de la Promesa, ¡DEPENDE DE MÍ!, no depende
ni de mis padres ni de Dios. ¡SOLO TÚ PUEDES HACER EFECTIVA Y EFICIENTE LA
PROMESA! Es decir, en el supuesto de que tengas unos padres que para nada
merezcan ser honrados, si tú deseas gozar de las ‘bendiciones de Dios’, es
preciso que honres a tus padres, aunque no lo merezcan y aunque más nadie los
honre. Tú, como hijo, eres el beneficiario de la Promesa, no tus padres.
¡Pero no te asustes! Si
tienes la desdicha –quizás karmática- de tener malos padres, te aclaro que
honrar no significa que tienes que abrazarlos y caerles a besos, cada vez que
los tengas presentes. HONRAR SIGNIFICA RESPETARLOS Y CONSIDERARLOS PESE A SUS
TORPEZAS. Aunque el significado bíblico de la palabra ‘honra’ deriva del hebreo ‘kabôd’ que implica ‘glorificar’, sabemos que en todo momento
la ‘gloria’ sólo le corresponde a Dios, sin embargo, al referirse a nuestros
padres, esta ‘glorificación’ implica estimarlos
principalmente a través del RESPETO y de la sana obediencia. Si eres
dichoso de contar con buenos padres, además del respeto y de la sana
obediencia, procura admirarlos y retribuirles con mucho amor el amor que te
brindan.
Escribo ‘sana obediencia’ por aclarar que no
siempre la obediencia es sana. Pudiera ocurrir que tengas un padre alcohólico y
que éste te pida lo acompañes a beber, pues en estos casos no es sano
obedecerle. En consecuencia, quedas eximido de obedecerle en esa orden
particular, pero debes desistir de la invitación con mucho respeto.
Etimológicamente la
palabra ‘respeto’ viene del latín ‘respectus’, palabra compuesta por ‘re’, que significa ‘reiteración o repetición’, y ‘spectrum’,
que significa ‘aparición’. En este
sentido, ‘respeto’ significa
‘volver a mirar’, lo que implica ‘no
quedarse con la primera mirada que hacemos sobre algo’. Es decir, el respeto
nos mueve a revisar la primera idea que nos hacemos de algo y volver a mirarlo,
para reconocer su importancia.
Socialmente se entiende
por respeto el reconocimiento del ‘valor’ propio y el de los demás, evitando
transgredir los derechos de cada individuo, reconociendo los roles sociales de
cada quien. El reconocimiento de los
roles sociales de cada quien nos alinea con el significado bíblico de la
palabra ‘respeto’, que se refiere a ‘reconocer
la autoridad’.
En Eclesiástico 3,
podemos leer un detallado consejo acerca de honrar a los padres, que merece la
pena dilucidar.
«Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad
de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que
respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus
hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga
vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en
honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten
indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se
olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados»
Lo anterior es tomado
de la Primera Lectura de la Eucaristía dedicada a la Sagrada Familia. En las
primeras
líneas, de esta lectura, podemos apreciar que el respeto a los padres
está por encima del respeto a los hijos. En consecuencia, ¡NINGÚN HIJO TIENE
AUTORIDAD PARA CORREGIR A SUS PADRES! De hecho, más adelante podemos leer que,
aunque el padre chochee –se haga viejo y se equivoque- los hijos debemos tener
indulgencia para con ellos y jamás debemos abochornarlos –¡JAMÁS DEBEMOS IRRESPETARLOS!-.
¡EL RESPETO A TUS
PADRES ES LA MAYOR PRUEBA DE QUE LOS HONRAS! El respeto a los padres implica la
‘sana obediencia’, intentar comprenderlos, evitar corregirles, asistirlos en
sus necesidades, evitarles preocupaciones,… y por sobre todo: ¡JAMÁS GRITARLES!
Cuando tengas hijos tendrás la autoridad para gritarle a tus hijos –procurando la
sana corrección SIN VIOLENCIA-, pero jamás tendrás la autoridad de gritarle a
tus padres, porque aunque ya seas viejo y estés lleno de canas, seguirás siendo
‘hijo’ y ellos seguirán siendo ‘padres’.
Somos hijos de un
Amoroso Padre Dios y, como hijo que somos, debemos procurar seguir sus Consejos,
a fin de disfrutar más plenamente de los beneficios de ésta dignidad. Mientras
más consejos ejercites, más cerca estarás de la ‘fuente de la felicidad’ y por
ende gozarás de mayores beneficios.
El ejercicio de los
Consejos de nuestro Amoroso Padre Dios, hará que todos reconozcan en ti la
dignidad de un Príncipe, o en el caso tuyo, de una Princesa. En consecuencia,
todo aquel que se relacione contigo (amigos, jefes, compañeros de trabajos,
profesores, compañeros de clase,… absolutamente todos) se esforzaran por
respetar y servir esa dignidad.
De hecho, cuando
comiences a sentir que los que te rodean como que ya no te están respetando,
evalúate en tu dignidad de hijo, porque con seguridad no estarás acatando, ni
siquiera levemente, algunos de los Consejos de nuestro Amoroso Padre Dios.
Evidentemente, no procurar seguir los Consejos de nuestro Amoroso Padre Dios,
es como si tú decidieras alejarte de Su Presencia, para hacer las cosas como a
ti te plazca. Mientras más lejos estés de Su Presencia, más gente te ofenderá y
de menores beneficios gozarás. ¿Recuerdas al hijo pródigo?[iii]
La palabra dignidad hace referencia a la cualidad del que se hace valer como persona, comportándose con responsabilidad, con seriedad y con respeto hacia sí misma y hacia los demás, no permitiendo que la humillen ni la degraden en su condición. Si en realidad te sientes hija de nuestro Amoroso Padre Dios, pues ¡COMPÓRTATE COMO TAL!
La palabra dignidad hace referencia a la cualidad del que se hace valer como persona, comportándose con responsabilidad, con seriedad y con respeto hacia sí misma y hacia los demás, no permitiendo que la humillen ni la degraden en su condición. Si en realidad te sientes hija de nuestro Amoroso Padre Dios, pues ¡COMPÓRTATE COMO TAL!
Cuando custodias tu
dignidad de hijo, procuras observar y seguir los Consejos de Tu Padre y evitas
ante todo el contrariarle. ¡TODO HIJO DE DIOS EVITA HACER LAS OBRAS DEL
DEMONIO!, porque aprecia y respeta la dignidad de hijo de Dios. Los hijos de
Dios luchan, incluso contra sí mismos, para lograr que florezcan los frutos del
Espíritu Santo,[iv]
los cuales, como nos lo recordaba Pablo, son: «En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia,
amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio».
Ser hijo de Dios
significa luchar por vencer al demonio y sus insinuaciones, con las cuales me
hace creer que yo estoy por encima de mis padres, evitándome así el poder
disfrutar de la Promesa que me hace hijo de nuestro Amoroso Padre Dios.
[i] Juan 14, 27
[ii] Expresión
latina que significa ‘sin la cual no’ y se aplica a una
condición que necesariamente ha de cumplirse o es indispensable para que suceda
o se cumpla algo.
[iii] Lucas 15, 11-32
[iv] Gálatas 5, 22-23