jueves, 19 de diciembre de 2019

LA PROMESA


CONSEJOS No Mandamientos

A pesar de mis años, aun no logro comprender el por qué algunos líderes eclesiales se han dedicado a la tarea de comunicarnos a un Dios de Amor que aparentemente está pendiente de mis errores, para castigarme. Creo que el único afán, de esos líderes eclesiales, es asustarnos, para que, teniéndole miedo a Dios, les obedezcamos a ellos ciegamente.

En mi humilde opinión, nuestro Amoroso Padre Dios nos ha creado por Amor y con Amor nos sostiene. De hecho, se hizo hombre para mostrarle al resto de la creación lo enamorado que está de mí.

Alguno me dirá: “¿Me ama? ¡Pero existe el mal! ¡Hay gente que sufre!”, a lo cual yo, humildemente responderé, con las mismas palabras de Albert Einstein: “El mal no existe, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios”… en el hombre, o con las mismas palabras de Siddhartha Gautama: “El sufrimiento deriva de los deseos humanos”. Es evidente que, el mal simplemente es el resultado de nuestra lejanía de Dios y el sufrimiento es el producto de nuestros deseos mundanos. El mal –incluyendo los sufrimientos- es consecuencia del mal uso de nuestro libre albedrío.

Sirva lo anterior para llegar a la siguiente conclusión: El Decálogo de Dios ¡NO SON MANDAMIENTOS!, puesto que, si Dios nos estuviera obligando a hacer o a no hacer algo, por la vía de un mandato, entonces ¿para qué nos otorgó el libre albedrío?  Si lees bien el Decálogo de Dios, comprenderás que son los hermosos CONSEJOS de un Padre Amoroso, para que seas feliz.

Amar a Dios, por ejemplo, nos beneficia más a nosotros que a Dios. ¿Qué puedo darle yo a Dios que a Él lo beneficie? ¡Qué amemos a Dios no lo hace ser más Dios de lo que ya es! ¡No hay forma de que sea más Grande, o más Poderoso,… o más Dios, de lo que ya es! En consecuencia, mi amor no le añade nada a Dios. El beneficio de amar a Dios es para mí, puesto que soy yo –criatura- quien necesita de su creador. ¡Soy yo quien necesita estar cerca de la fuente misma de la vida! ¡Si te alejas de la ‘fuente de la felicidad’ con seguridad sufrirás! Por eso te ACONSEJA que: “Ames a Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”.

Después de que nuestro Amoroso Padre Dios siembra la semilla la semilla de la fe en nuestros corazones, es necesario que nosotros alimentemos y cuidemos esa semilla. Santo Tomás explicaba que, entre los que vean a Dios en su esencia, uno le verá más perfectamente que otro. Y esto es así porque, el entendimiento que más participe de la luz de la gloria, más perfectamente verá a Dios. Y nos aclaraba que, tanto más participará de la luz de la gloria cuanto más amor tenga, pues donde el amor es mayor, mayor es el deseo; y el deseo, de alguna manera, capacita y prepara al que desea para conseguir lo deseado. Concluía entonces que, aquel que tenga más amor, más perfectamente verá a Dios y más feliz será.

El segundo consejo nos lo da para que evitemos alejarnos. Si no tomamos a Dios en serio, ¿cómo pues lo procuraremos? Sin este segundo consejo no es posible ejercitarnos en el primero. ¿Cómo puedo amar a Dios si no lo respeto? Si pronuncio Su Nombre en vano, sin respeto alguno, ofendo su dignidad y en consecuencia la mía propia. Al ofender a mí Creador me ofendo a mí como criatura, ergo me alejo de la ‘fuente de la felicidad’. Quizás por esto quiso nuestro Amoroso Padre Dios que la verdadera pronunciación de Su Nombre se desconozca en la actualidad.

Dedicarle un día a la semana a la oración y al sano entretenimiento me beneficia más a mí que a Dios. Un día
para deslastrarme del mundo y darle alimento a mi espíritu, sólo me puede beneficiar a mí. El Prefacio Común IV de la Celebración Eucarística hermosamente reza: “Aunque no necesitas nuestras alabanzas, ni nuestras bendiciones te enriquecen, Tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación”. Sino fuera porque nuestro Amoroso Padre Dios inspira nuestra oración no nos fuera posible acercarnos a Él. Pero, ¿cómo nos va a inspirar si no le dedicamos algo de tiempo a la oración? Recuerden: ¡LIBRE ALBEDRÍO!

Muchas otras connotaciones podemos esgrimir acerca de cada uno de los hermosos Consejos del Decálogo de Dios, las cuales espero detallar en futuros artículos, pero en este artículo me quiero detener en el cuarto Consejo, puesto que es el primero que viene con una promesa incluida. Con este preámbulo, espero hayan comprendido que, ejercitarnos en los Consejos descritos en el Decálogo de Dios, nos permitirá estar cerca de la fuente misma de todo bien y, mientras más cerca estemos, mayores serán los beneficios de los que gozaremos.

BENDICIÓN

Si bien es cierto que, la Promesa de la que les hablo, se encuentra tácita en el resto de los consejos, en el cuarto Consejo la Promesa es explícita. Como todos sabemos, la Biblia es quizás el Libro con mayor número de alteraciones e interpretaciones posibles. En este orden de ideas, según sea la versión bíblica que tengamos a la mano, al leer Deuteronomio 5, 16, verificaremos que nuestro Amoroso Padre Dios dijo:

“Honra a tu padre y a tu madre para que tengas larga vida y goces de mis bendiciones”
La palabra ‘bendición’ significa simplemente ‘bien decir’, o lo que es lo mismo ‘hablar bien de alguien’, o
más propiamente ‘desearle bien a alguien’. Ahora bien, ¿a quién Dios le ‘hablará bien de ti’? Pues a tu jefe, a tus profesores, a tus compañeros de trabajo, a tus compañeros de estudio, a tus vecinos,… a todo aquel que se encuentre contigo. Incluso, si por razones de karma o debido a tus faltas de buenos juicios, en tu caminar te encuentras con algún delincuente o ladrón, pues nuestro Amoroso Padre Dios le hablará bien de ti para que no te maltrate ni te haga daño alguno, más allá de la simple pérdida de algún objeto material, lo cual quizás te sirva de instrucción para tu crecimiento personal y/o espiritual. Aunque no lo creas, a veces es necesario vivir algunos sinsabores para corregir nuestro caminar.   

De manera que, cuando en el ejercicio de nuestra paternidad les respondemos a nuestros hijos “¡Dios te bendiga!”, en ésta sencilla oración le estamos deseando grandes beneficios, puesto que al pedirle a nuestro Amoroso Padre Dios hable bien de nuestros hijos, la Efectividad y Eficiencia del Hablar de Dios, proveerá a nuestros hijos de ‘salud’, ‘seguridad’, ‘gozo’, ‘dignidad’,… en fin, de ¡LA PAZ QUE SÓLO DIOS LES PUEDE DAR![i]

CONDICIÓN

Si lees detenidamente el cuarto consejo del Decálogo de Dios, podrás observar que, para ‘gozar’ del ‘bien hablar de Dios’ es condición ‘sine qua non’[ii] que ‘honres a tu padre y a tu madre’. En consecuencia, para que la Promesa de nuestro Amoroso Padre Dios se cumpla en nosotros es INDISPENSABLE, como hijos, ¡HONRAR A NUESTROS PADRES!

De lo anterior se deduce que, el uso, gozo y disfrute de la Promesa, ¡DEPENDE DE MÍ!, no depende ni de mis padres ni de Dios. ¡SOLO TÚ PUEDES HACER EFECTIVA Y EFICIENTE LA PROMESA! Es decir, en el supuesto de que tengas unos padres que para nada merezcan ser honrados, si tú deseas gozar de las ‘bendiciones de Dios’, es preciso que honres a tus padres, aunque no lo merezcan y aunque más nadie los honre. Tú, como hijo, eres el beneficiario de la Promesa, no tus padres.

¡Pero no te asustes! Si tienes la desdicha –quizás karmática- de tener malos padres, te aclaro que honrar no significa que tienes que abrazarlos y caerles a besos, cada vez que los tengas presentes. HONRAR SIGNIFICA RESPETARLOS Y CONSIDERARLOS PESE A SUS TORPEZAS. Aunque el significado bíblico de la palabra ‘honra’ deriva del hebreo ‘kabôd’ que implica ‘glorificar’, sabemos que en todo momento la ‘gloria’ sólo le corresponde a Dios, sin embargo, al referirse a nuestros padres, esta ‘glorificación’ implica estimarlos principalmente a través del RESPETO y de la sana obediencia. Si eres dichoso de contar con buenos padres, además del respeto y de la sana obediencia, procura admirarlos y retribuirles con mucho amor el amor que te brindan.

Escribo ‘sana obediencia’ por aclarar que no siempre la obediencia es sana. Pudiera ocurrir que tengas un padre alcohólico y que éste te pida lo acompañes a beber, pues en estos casos no es sano obedecerle. En consecuencia, quedas eximido de obedecerle en esa orden particular, pero debes desistir de la invitación con mucho respeto.

RESPETO

Etimológicamente la palabra ‘respeto’ viene del latín ‘respectus’, palabra compuesta por ‘re’, que significa ‘reiteración o repetición’, y ‘spectrum’, que significa ‘aparición’. En este sentido, ‘respeto significa ‘volver a mirar’, lo que implica ‘no quedarse con la primera mirada que hacemos sobre algo’. Es decir, el respeto nos mueve a revisar la primera idea que nos hacemos de algo y volver a mirarlo, para reconocer su importancia.  

Socialmente se entiende por respeto el reconocimiento del ‘valor’ propio y el de los demás, evitando transgredir los derechos de cada individuo, reconociendo los roles sociales de cada quien.  El reconocimiento de los roles sociales de cada quien nos alinea con el significado bíblico de la palabra ‘respeto’, que se refiere a ‘reconocer la autoridad’.

En Eclesiástico 3, podemos leer un detallado consejo acerca de honrar a los padres, que merece la pena dilucidar.

«Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados»
Lo anterior es tomado de la Primera Lectura de la Eucaristía dedicada a la Sagrada Familia. En las primeras
líneas, de esta lectura, podemos apreciar que el respeto a los padres está por encima del respeto a los hijos. En consecuencia, ¡NINGÚN HIJO TIENE AUTORIDAD PARA CORREGIR A SUS PADRES! De hecho, más adelante podemos leer que, aunque el padre chochee –se haga viejo y se equivoque- los hijos debemos tener indulgencia para con ellos y jamás debemos abochornarlos –¡JAMÁS DEBEMOS IRRESPETARLOS!-.

¡EL RESPETO A TUS PADRES ES LA MAYOR PRUEBA DE QUE LOS HONRAS! El respeto a los padres implica la ‘sana obediencia’, intentar comprenderlos, evitar corregirles, asistirlos en sus necesidades, evitarles preocupaciones,… y por sobre todo: ¡JAMÁS GRITARLES! Cuando tengas hijos tendrás la autoridad para gritarle a tus hijos –procurando la sana corrección SIN VIOLENCIA-, pero jamás tendrás la autoridad de gritarle a tus padres, porque aunque ya seas viejo y estés lleno de canas, seguirás siendo ‘hijo’ y ellos seguirán siendo ‘padres’.  
  
DIGNIDAD DE HIJOS

Somos hijos de un Amoroso Padre Dios y, como hijo que somos, debemos procurar seguir sus Consejos, a fin de disfrutar más plenamente de los beneficios de ésta dignidad. Mientras más consejos ejercites, más cerca estarás de la ‘fuente de la felicidad’ y por ende gozarás de mayores beneficios.

El ejercicio de los Consejos de nuestro Amoroso Padre Dios, hará que todos reconozcan en ti la dignidad de un Príncipe, o en el caso tuyo, de una Princesa. En consecuencia, todo aquel que se relacione contigo (amigos, jefes, compañeros de trabajos, profesores, compañeros de clase,… absolutamente todos) se esforzaran por respetar y servir esa dignidad.

De hecho, cuando comiences a sentir que los que te rodean como que ya no te están respetando, evalúate en tu dignidad de hijo, porque con seguridad no estarás acatando, ni siquiera levemente, algunos de los Consejos de nuestro Amoroso Padre Dios. Evidentemente, no procurar seguir los Consejos de nuestro Amoroso Padre Dios, es como si tú decidieras alejarte de Su Presencia, para hacer las cosas como a ti te plazca. Mientras más lejos estés de Su Presencia, más gente te ofenderá y de menores beneficios gozarás. ¿Recuerdas al hijo pródigo?[iii]

La palabra dignidad hace referencia a la cualidad del que se hace valer como persona, comportándose con responsabilidad, con seriedad y con respeto hacia sí misma y hacia los demás, no permitiendo que la humillen ni la degraden en su condición. Si en realidad te sientes hija de nuestro Amoroso Padre Dios, pues ¡COMPÓRTATE COMO TAL!

Cuando custodias tu dignidad de hijo, procuras observar y seguir los Consejos de Tu Padre y evitas ante todo el contrariarle. ¡TODO HIJO DE DIOS EVITA HACER LAS OBRAS DEL DEMONIO!, porque aprecia y respeta la dignidad de hijo de Dios. Los hijos de Dios luchan, incluso contra sí mismos, para lograr que florezcan los frutos del Espíritu Santo,[iv] los cuales, como nos lo recordaba Pablo, son: «En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio».

Ser hijo de Dios significa luchar por vencer al demonio y sus insinuaciones, con las cuales me hace creer que yo estoy por encima de mis padres, evitándome así el poder disfrutar de la Promesa que me hace hijo de nuestro Amoroso Padre Dios.











[i]  Juan 14, 27

[ii] Expresión latina que significa ‘sin la cual no’ y se aplica a una condición que necesariamente ha de cumplirse o es indispensable para que suceda o se cumpla algo.

[iii]  Lucas 15, 11-32

[iv]  Gálatas 5, 22-23

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