Nuestro Hermano
Pablo nos exhortó a: «No dejemos resquicio al
diablo» -(Efesios 4:27)-, pero, ¿qué nos quiso decir? Pues, el resquicio es la abertura
estrecha y alargada que queda entre el quicio -Ángulo formado por la hoja de
una puerta o de una ventana y la parte del muro en que están las bisagras- y
la puerta, cuando ésta no está cerrada del todo o cierra mal. Esta
abertura suele ser imperceptible, pero, si nos descuidamos, esa pequeña
abertura posibilitará el ingreso de enormes insectos a nuestras más
confortables habitaciones.
![]() |
| Por un pequeño 'Resquicio' pudieran entrar grandes demonios |
que solemos dejar alrededor de nuestros Espíritus y a través de la cual se pudiera colar algún ‘Espíritu Demoníaco’, para hacernos daño. Resulta que, la presencia de demonios en nuestras habitaciones suele ser más fáciles de destruir que los demonios, aparentemente inexistentes, en nuestro interior. Y a esto se refería Pablo, a aquellos demonios, aparentemente inexistentes, que dejamos colar en nuestras vidas. Los demonios que dejamos colar en nuestras vidas son difíciles de destruir porque nos resistimos a creer que existen, al restarles importancia. Un viejo adagio dice: “El mayor logro del diablo es hacernos creer que no existe”, porque si no existe, entonces no hay necesidad de combatirlo. Restarle importancia al diablo, o a sus seducciones, es el resquicio que le dejamos abierto, a veces ampliamente, para que ingrese en nuestras vidas, y nos destruya.
Después de
recomendarnos que no dejemos resquicio al diablo, Pablo casi que nos suplica: «¡Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira,
gritería y maledicencia, y toooda malicia!». Pienso que, el resquicio del cual hablaba Pablo es el ODIO.
El odio es ese sentimiento de aversión,
casi imperceptible, que se convierte en el resquicio que le dejamos abierto al
diablo, para que ingrese en nuestras vidas, y nos aleje de lo que debería ser
nuestro único destino: EL AMOR.
EL ODIO
Al buscar esta
corta palabra en un diccionario, encontraremos que el
odio se define como un sentimiento de antipatía, fobia, desprecio,
vituperio, aborrecimiento, abominación, rencor, rabia… y un sinfín de epítetos
que pretenden establecer simplemente la AVERSIÓN
hacia algo o alguien, que puede ser una cosa, persona o animal, cuyo mal
se desea, aunque sea muy interiormente.
![]() |
| El 'Odio' puede convertir a una hermosa niña en un temible demonio |
Queda claro que, no se odia únicamente a las personas. Es posible que se sienta cierta aversión sobre organizaciones, incluso sobre ciertas tendencias ideológicas. El odio es una sensación de desagrado. Y este desagrado se puede presentar en una amplia variedad de contextos, desde el odio a los objetos inanimados, a los animales, a uno mismo o a otras personas, a grupos enteros de personas, a la gente en general, a la existencia misma, a la sociedad, … a todo, hasta incluso el odio a Dios. Por eso es tan importante vigilar aquello que nos desagrada, aunque sea levemente.
Aunque no lo
creas, el odio es una
sencilla sensación de aversión hacia algo o hacia alguien. Comienza
por no querer ver, y mucho menos tratar, a ese algo o a ese alguien.
El odio es como aquel sutil veneno que inyectan pequeños insectos a sus presas
para dormirles y así lograr que la presa, a veces más grandes que ellos, no
opongan resistencia y se dejen comer. El odio es
justamente eso, un sutil veneno que logra inyectar el demonio, en nuestros
corazones, para luego devorarnos, sin que ofrezcamos resistencia alguna.
Por esto es tan necesario que evaluemos nuestras
antipatías hacia alguien o hacia algo, por muy pequeñas que éstas sean, porque pudieran ser el producto de ese sutil
diabólico veneno, que a la larga nos hará alimento del diablo.
¿ODIAS?
Hace unos días,
una amiga me conversaba acerca de un problema que se le presentó con una de sus
hermanas. En un increíble esfuerzo por ocultar su odio, no paraba de hablar,
intentando agravar el hecho que ocurrió entre ellas y disminuir su posible
participación en el mismo. Cuando finalmente me dejó hablar, le pregunté:
“¿Odias a tu hermana?” Por unos momentos se quedó en silencio y, como
pensativa, me respondió: “¡No! ¡No le deseo la muerte!”. ¿Pillan el resquicio? Para esa amiga, odiar significa ‘desear
la muerte’. Pues les diré que, entre el
odio y la ira, la cual comúnmente lleva a desear y hasta ejecutar la muerte,
existe un hilo muyyy delgado.
Alguna vez leí
que, es extraño que Tomás de Aquino no haya incluido al odio como uno de los
siete pecados capitales. Esto es así porque, de alguna manera, el odio es el ‘capital’ u origen
de los pecados capitales. De hecho, Tomás de Aquino aclara que «El odio es el mayor de los pecados» -(Suma de Teología/Parte II/Cuestión 34-Artículo 2)-. Tomás
afirma que, el odio es tan aberrante que, incluso es
posible odiar a Dios: «Puede haber
quien odie a Dios, porque le considere como quien le prohíbe realizar pecados,
o porque le considera el que inflige castigo a las faltas» -( Suma
de Teología/Parte II/Cuestión 34-Artículo 1)
El problema con el odio es que, al conceptualizarlo, los exegetas exageran con la gran cantidad de epítetos que utilizan para definirlo. También suelen maximizar sus efectos. Suelen decirnos que, es una INTENSA sensación de desagrado, es DESEARLE MAL a alguien, … y resulta que, a menudo, el odio no se asocia con sentimientos de enojo. El odio es todo aquello que se opone al amor. Comienza con una leve y simple AVERSIÓN a alguien o a algo. Una simple aversión, que suele crecer hasta convertirse en la fuente de nuestra propia destrucción. Mucha gente hay quien odia al que tiene, simplemente porque tiene. ¿Esto acaso no es envidia? Otros odian a quien no tiene, simplemente porque no tiene. ¿Esto acaso no es soberbia? ¡EL ODIO ES EL CAPITAL DE LOS PECADOS CAPITALES!
No me cansaré de
recalcárselos, ¡el odio
es simplemente una aversión! Es simplemente un sentimiento de rechazo
hacia una persona o cosa. Pero como desde niño se nos ha enseñado
que odiar es muy malo, entonces suponemos que el odio es algo más grave que una
simple aversión. Por eso es tan imperceptible. Y cuando se nos pregunta si
odiamos, respondemos con mucha ligereza: “¡NO!!!”, simplemente porque no
creemos que seamos tan malos, como para cometer tal abominación. Es como una
fina voz diciéndonos: “¡Tranquilo! ¡Tú no eres malo! ¡Vas a Misa! ¡Rezas de vez
en vez!... ¡Tú no sabes odiar!” Y entonces te ilusionas creyendo que tu culpa
no será descubierta –(Salmo 36)-.
La pereza, por ejemplo, que es uno
de los siete pecados capitales, es la incapacidad de hacerse cargo de la propia
existencia, tal y como se nos presente.
Genera tristeza, desgano y aislamiento. Muchos hay quienes, al nacer en una
familia de bajos recursos, sienten aversión -odian- su condición y se entregan
a la pereza, en vez de esforzarse por salir de esa condición estudiando,
trabajando, … orando. Hay quienes, sin saberlo, odian el color de su piel y
creen que, debido al color de su piel, nunca alcanzarán grandes metas, por lo
que no se esfuerzan, para lograrlo.
El odio es el resquicio que utiliza
satanás para ingresar en nuestras vidas espirituales, porque para nosotros es imperceptible,
casi ni nos percatamos que sentimos aversión por el vecino que tiene un lujoso
auto, o por las personas que viven en ese cerro frente a mi conjunto
residencial, o por ese compañero de trabajo que logra avanzar a cargos
superiores, o por ese jefe que tanto me exige, o por ese gobierno ineficiente, …
o por ese Dios, que pareciera inexistente.
EL AMOR
¡ODIAR, ES LO MÁS SENCILLO DEL MUNDO!!, porque no exige ningún
esfuerzo. Amar es lo más difícil
del mundo, porque exige de nosotros grandes esfuerzos por demostrarlo.
Cuando se le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta cuánto deberíamos amar, ella
respondió: “Amar hasta que duela. Si duele mucho
es buena señal”. Al dar esta respuesta, esta Santa dio indicios
de comprender, aquello que Jesús decía: «Pero
yo les digo a ustedes que me escuchan, amen a sus enemigos. Hagan el bien a los
que los odian. Bendigan a los que los maldicen y oren por los que los
maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra. Si
alguien te quita la capa, deja que también tome tu camisa. A
todo el que te pida algo, dáselo. Si alguien toma de ti lo que no es suyo, no
le pidas que te lo devuelva. Traten a los demás como les
gustaría que los trataran a ustedes» -(Lucas 6:27-31)-. Amar
siempre exigirá de nosotros algún esfuerzo. Amar
nos exige luchar y triunfar sobre nuestro orgullo, sobre nuestra envidia, sobre
nuestra ira, sobre nuestra gula, sobre nuestra lujuria, sobre nuestra pereza, …
sobre nuestras propias idolatrías.
Antes de Jesús
darnos esas difíciles recomendaciones, comentó: «Oísteis
que fue dicho: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”»
-(Mateo 5:43)-. Esto lo comentó porque, una de
las ideas que los maestros judíos de la tradición habían añadido a la ley de
Dios era que se tenía que odiar a los enemigos. Esto ocurrió como
una simple inferencia a lo contrario de lo que se establecía en la Ley, y como
la Ley mandaba que los israelitas amasen a su prójimo –(Levítico 19:18)-, estos
maestros enseñaban que eso implicaba odiar a sus enemigos. Se llegó a pensar
que los términos ‘amigo’ y ‘prójimo’ aplicaban exclusivamente a los judíos,
mientras que a todos los demás se les consideraba enemigos por naturaleza. ¿Ven
que es mucho más sencillo odiar?
Amar hasta que nos duela, es entender el amor como el olvido de
sí mismo, el pensar en la felicidad del otro y, si es preciso, entregar la vida
por esa causa. Los propios planes o la comodidad quedarían en el último lugar.
¡Por eso es tan difícil amar! Pero en algún momento hay
que empezar. ¡AMAR ES UN EJERCICIO! Y este
ejercicio suele comenzar por ¡NO ODIAR! Quizás con algo de esfuerzo,
lograremos comprender y ejecutar el sencillo consejo que nos recomendó Pablo: «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo»
-(Efesios 4:32)-.
No odiar es tan
necesario que, en las Escrituras se nos recuerda que, uno de los requisitos
para que el homicida involuntario pudiera presentarse en una de las ciudades de
refugio, para conseguir asilo, era no haber abrigado odio a la persona a la que
había matado –(Deuteronomio 19:4 y 11-13)-. Extrañamente, las mismas
Escrituras nos dicen: «El que retiene su vara
odia a su hijo, pero el que lo ama es el que de veras lo busca con disciplina»
-(Proverbios 13:24)-, para referirse a la corrección de los hijos, como si
un acto de violencia no fuera el resultado del odio. Esto es porque, al momento de corregir a
nuestros hijos debemos hacerlo con amor, evitando cualquier manifestación de
odio, manteniendo en la mente que lo que está haciendo es por el bien de su
hijo, para que no conozca el infierno –(Proverbios
23:13-14)-.
Respecto a mi
amiga les diré que, mi respuesta a su respuesta fue: “El odio, pese a sonar como una palabra realmente
abominable, es sencillamente AVERSIÓN. Como esa que me has manifestado por tu
hermana, con tantas palabras llenas de odio. Esta aversión suele ser como una
pequeña bola de nieve que, al rodar desde lo alto de una empinada colina
nevada, finalmente llega hasta el valle convertida en una enorme bola de
destrucción, que arrasa todo a su paso. El odio, si no lo combates con el
ejercicio del amor, termina destruyendo el amor. El odio crecerá y crecerá en
tu corazón hasta expulsar de ti cualquier indicio de amor. Te diré, preciosa
amiga, si bien es cierto que CREES no desearle la muerte a tu hermana, esa
aversión que se ha anidado en tu corazón, terminará quitándole la vida, por lo
menos para ti, porque dejarás de tratarla y eso será como si hubiera muerto,
aunque esté viva” Hasta la
fecha, mi preciada amiga no ha querido responder mis llamadas. ¡Creo que también
siente aversión por mí!
Amar hasta que duela es la meta, pero si se te dificulta
demasiado, por lo menos:
¡EVITA SENTIR AVERSIÓN!
¡Mucho menos por
tus semejantes! ¡Menos aún por tus hermanos! Y si
han sido unidos por la sangre (papá, mamá, hij@s, herman@s, …) ¡EVITA LA
AVERSIÓN CON MAYOR ESFUERZO!!! Quizás
descubras que aquello que suponías dijo de ti o te hizo, no es más que puras
ideas en tu mente, que alguien –probablemente el diablo- sembró en ti. Y
suponiendo que esas ideas sean verdaderas, pregúntate: “Lo que te hizo ¿es
perdonable?”, o es tan malo que prefieres odiar hasta morir.
¡EVITA SER ALIMENTO DEL DEMONIO!
¡NO PERMITAS QUE POR UNA PEQUEÑA AVERSIÓN SE APODERE DE TI!
Te pregunto una
vez más: ¿ODIAS? ¿Hay alguien a quien no desees ni siquiera ver?


No hay comentarios.:
Publicar un comentario