viernes, 23 de julio de 2021

DEVANANDO LA TRAMA DE LA VIDA

 Un hermoso Cántico, que aparece en el Libro de Isaías, reza así:


Yo pensé: «En medio de mis días

tengo que marchar hacia las puertas del abismo;

me privan del resto de mis años».

Yo pensé: «Ya no veré más al Señor

en la tierra de los vivos,

ya no miraré a los hombres

entre los habitantes del mundo.

Levantan y enrollan mi vida

como una tienda de pastores.

Como un tejedor, devanaba yo mi vida,

y me cortan la trama».

Día y noche me estás acabando,

sollozo hasta el amanecer.

Me quiebras los huesos como un león,

día y noche me estás acabando.

Estoy piando como una golondrina,

gimo como una paloma.

Mis ojos mirando al cielo se consumen:

¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!

¿Qué le diré y qué pensaré

si Él es quien lo hace?

Huye de mí el sueño

por la amargura de mi alma.

Los que Dios protege, viven

y entre ellos vivirá mi espíritu.

Me has curado, me has hecho revivir,

la amargura se me volvió paz

cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía

y volviste la espalda a todos mis pecados.

El abismo no te da gracias,

ni la muerte te alaba,

ni esperan en tu fidelidad

los que bajan a la fosa.

Los vivos, los vivos son quienes te alaban:

como yo ahora.

El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas

todos nuestros días en la casa del Señor.

Este hermoso Cántico lleva por título: «Cántico de Ezequías, rey de Judá, cuando estuvo enfermo y sanó de su mal» y lo encontramos en Isaías 38:10-20.

La historia nos cuenta que, el rey Ezequías, un soberano justo y amigo del profeta Isaías, había quedado afectado por una grave enfermedad, que el profeta Isaías había declarado mortal (Isaías 38,1). La palabra dice que «Ezequías volvió su rostro a la pared y oró al Señor. Dijo: "Señor, dígnate recordar que yo he andado en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto haciendo lo recto a tus ojos". Y Ezequías lloró con abundantes lágrimas. Entonces le fue dirigida a Isaías la palabra del Señor, diciendo: "Ve y di a Ezequías: Así dice el Señor, Dios de tu padre David: He oído tu plegaria, he visto tus lágrimas y voy a curarte. (...) Añadiré quince años a tus días"» (Isaías 38,2-5). En ese momento brota del corazón del rey el cántico de acción de gracias.

Este hermoso Cántico de Ezequías me hace concluir que, durante algunos días, a Ezequías lo atacó una virosis similar al coronavirus. Esto lo digo porque, yo también sollozaba hasta el amanecer (debido a las altas fiebres que me hacían respirar con vehemencia), yo también sentí que un león desgarraba mis huesos (los dolores musculares y óseos que sufrí me imagino se asemejan a un león desgarrando los huesos de su presa).

A diferencia de Ezequías, yo no piaba como una golondrina, no gemía como una paloma,… yo no me quejaba, porque desde el principio de mi convalecencia YO SABÍA QUE ERA EL MISMO DIOS QUIEN ME HABÍA ACTIVADO ESA VIROSIS. Esto lo llegó a comprender Ezequías cuando dice: «¿Qué le diré y qué pensaré si Él es quien lo hace?». Comprender esta hermosa realidad trae mucho sosiego ante cualquier convalecencia, porque, si Dios es el que causa todas las cosas, qué sentido tiene que «pierda el sueño» pensando en mi futura muerte, si ésta solo podrá ser evitada por nuestro Amoroso Padre Dios.

Al igual que Ezequías, todos somos seres mortales, que como tejedores, devanamos cada día de la vida, algunos tejiendo males y otros tejiendo bienes. Tristemente, la gran mayoría de la humanidad se ha olvidado de que es mortal. La gran mayoría de la humanidad no quiere aceptar que en cualquier momento sus vidas serán levantadas y enrolladas, como una tienda de pastores. La gran mayoría de la humanidad vive como si fueran hacerlo eternamente, muy despreocupados por competir en buenas acciones (Corán 5:48), como si contaran con mucho tiempo para anotar puntos positivos.

MIEDO A MORIR

Resulta que, materialmente ¡NO SOMOS ETERNOS! Nuestra vida material dura lo que nuestro Amoroso Padre Dios determine que durará. ¡JAMÁS DEPENDERÁ DE NOSOTROS EL AÑADIRLE A NUESTROS DÍAS LOS MISMOS QUINCE AÑOS QUE LE AÑADIERON A EZEQUÍAS!!! Pero si está en nuestras manos el acumular la suficiente cantidad de puntos positivos que nos permitan llegar a la muerte en paz, satisfechos de haber cumplido con las misiones asignadas, felices de haber avanzado algunos cuantos escalones.

A diferencia de la mayoría de la humanidad actual, los miedos de Ezequías ante la cercana muerte, tenían sus fundamentos en lo que se creía en aquellos tiempos que ocurría al morir. Según la antigua concepción de Israel, la muerte introducía en un horizonte subterráneo, llamado en hebreo sheol, donde la luz se apagaba, la existencia se atenuaba y se hacía casi espectral, el tiempo se detenía, la esperanza se extinguía y sobre todo no se tenía la posibilidad de invocar y encontrar a Dios en el culto. Por eso, Ezequías recuerda ante todo las palabras llenas de amargura que pronunció cuando su vida estaba resbalando hacia la frontera de la muerte: «Ya no veré más al Señor en la tierra de los vivos». También el salmista oraba así en el día de la enfermedad: «Porque en el reino de la muerte nadie te invoca, y en el abismo, ¿quién te alabará?» (Salmos 6:6). En cambio, librado del peligro de muerte, Ezequías puede reafirmar con fuerza y alegría: «Los vivos, los vivos son quienes te alaban, como yo ahora» (Isaías 38,19). Los temores de Ezequías, ante la cercana muerte, estaban fundamentados erróneamente en que, en el lugar a donde según iban los espíritus al morir, era un lugar en donde no se podía alabar más a Dios y Ezequías deseaba seguir viviendo para seguir alabando a nuestro Amoroso Padre Dios.

En nuestros tiempos, la gran mayoría de la humanidad sabe lo que realmente ocurrirá al morir. Todo la humanidad, de una manera u otra, ha sido instruida en lo que se cree ocurrirá después de morir y, por eso, la gran mayoría de la humanidad tiene miedo a morir, porque inconscientemente sabe que no se están esforzando lo suficiente para lograr los méritos que les ayuden a alcanzar una vida mejor. La gran mayoría de la humanidad intuye (porque sus espíritus se lo recuerdan) que están acumulando puntos negativos, en vez de positivos, y por eso tienen un terrible miedo a la muerte, porque no quieren entregar cuentas ante El Justo Juez.

Hoy recibí los resultados de los exámenes que me realizaron en la clínica. Como era de esperarse di positivo al Covid-19. Luego, eso ya lo sabía yo y estimaba que también mis cercanos. Pero resulta que no, mis más cercanos al enterarse de que yo portaba el Covid-19 se asustaron muchísimo y comenzaron a tratarme como un paria. Las dos personas que viven conmigo se encerraron en sus habitaciones y una de ellas gritaba -como para que yo la oyera- qué cómo era posible que yo tenga Covid-19 y no haya observado las medidas de bioseguridad para con ellas.

Sus quejas me daban risa, porque durante mi convalecencia yo procuraba alejarme de ellas y ellas parecían querer estar cerca de mí. Yo pasé dos días encerrado en mi habitación y ellas pasaban a hablar por teléfono, porque según que en mi habitación hay mejor recepción. Al ver que parecía que a ellas no les importaba que yo tuviera Covid-19, pues yo salía, de vez en vez, de mi habitación, para despejarme un poco. Mientras estaba fuera de mi habitación yo procuraba que ellas no se me acercaran, pero parecía que a ellas no les importaba, porque no observaban las distancias prudenciales que se deben mantener entre las personas, aun sin sospechar la existencia del Covid-19. La que se estaba quejando a viva voz tiene su mesita de trabajo cerca de mi hamaca y, como a mí me encanta estar en mi hamaca, yo alejaba aquella mesa de trabajo para evitar que ella estuviera cerca de mí. Extrañamente, cada vez que me iba a mi habitación a descansar o a leer, al volver a mi hamaca encontraba la mesa de trabajo de aquella quejumbrosa cerca de mi hamaca, lo que me hacía suponer que la quejumbrosa no le importaban las medidas de bioseguridad Covid-19 o no estaba consciente de que yo tenía Covid-19, pese a que siempre se los recordaba. En algunos momentos en los cuales me encontraba en mi hamaca las dos se metían a mi habitación a hablar y se acostaban en mi cama. Yo me asomaba y les decía: “Recuerden que el virus es invisible y que con seguridad esta habitación está inundada de Covid-19 porque yo no acostumbro a abrir las ventanas de esa habitación para que se ventile porque no quiero que entren zancudos”. Ante mis palabras ellas se levantaban dizque preocupadas y decían: “¡Ay sí! ¡Verdad! ¡Vámonos!”. Pero esto ocurrió varias veces, así que no entiendo que vengan a reclamarme medidas de bioseguridad.

La quejumbrosa también grito una extraña queja: “El cargo de conciencia que le va a quedar si yo muero por contagiarme”. Esto también me dio risa porque cómo puedo establecer yo que, si ella se llegara a enfermar, sería porque yo la contagié. En estos días la quejumbrosa se fue a una fiestecita de cumpleaños y yo le sugerí que no era conveniente reunirse en tiempo de pandemia. Ella, con el mal carácter que la caracteriza, me espetó: “Tampoco debemos quedarnos encerrados para siempre. ¡No me voy a convertir en una antisocial!”. Resulta que a los días se enteró que una de las personas que asistió a la fiestecita estaba contaminada de Covid-19. ¿Ahora ella espera que yo me sienta mal si comienza a sufrir de Covid-19? ¡POR FAVOR!!! ¡UBÍQUENSE!!! Yo no tendré cargo de conciencia si se llegan a enfermar porque jamás sabremos en donde se contaminaron y en efecto jamás voy a pensar que fui yo. ¡EL VIRUS ES INVISIBLE!!!, y nunca sabremos en donde realmente nos contagiamos. Aunque en mi caso yo sí lo sé.

Yo entiendo que la quejumbrosa lo que tiene es miedo a morir y esto a pesar de ser una persona muy devota, que suele rezar el Rosario, que asiste frecuentemente a Misa y participa en labores de caridad. Una persona con este perfil religioso debería comprender que la pandemia lo que nos vino a recordar es que todos estamos en las Manos de nuestro Amoroso Padre Dios, Quien Es El que sostiene nuestra respiración. Una persona con este perfil religioso debería tener claro que: “Ni una sola hoja de un árbol se cae sin que Dios lleve cuenta de ello”. Una persona con este perfil religioso debería comprender que las pandemias son activadas por Dios para llamarnos a reflexión, para recordarnos que sin Él nada somos. Una persona con este perfil religioso debería saber que en la Biblia existen muchos casos de pandemias, activadas por Dios, y que suelen durar cerca de siete años, por lo que esta persona con este perfil religioso debería tener claro que todos en el planeta nos vamos a contagiar y, según lo decida nuestro Amoroso Padre Dios, algunos se curarán y otros se morirán. ¿Culpables? Ya nos lo aclaró Ezequías al preguntar: «¿Qué le diré y qué pensaré si Él es quien lo hace?».

Pero como dicen por allí: “El miedo es libre”. Por mi parte yo no tengo miedo a morir porque sé que me he esforzado por avanzar espiritualmente. No tengo miedo a morir porque sé que Aquel que inició su labor de rescate de mi alma no descansará hasta lograrlo, en consecuencia estoy segurísimo que moriré cuando haya acumulado los puntos suficientes para ganarme la Amistad de nuestro Amoroso Padre Dios.

Junto con la confirmación de que mi proceso viral fue a causa del Covid-19, también me llegó el informe médico confirmando que el proceso estaba en remisión. No sé si esto signifique que nuestro Amoroso Padre Dios añadirá 15 o 100 años más a mis días, porque también pudiera ocurrir que en unos días me muera tomándome un vaso con agua. ¡La muerte siempre está a la puerta!, de allí que no importa cuántos años vayamos a vivir, lo que importa es que mientras estemos vivos debemos esforzarnos por anotar puntos positivos en el Juego por nuestros Mundos.

A mi quejumbrosa cercana le pido que no tome a mal estas palabras que he escrito, puesto que no las he escrito por odio sino por amor. Realmente no me afectan tus quejas, pero si me entristece tu deficiente fe, porque el hecho de que aún no  comprendas que todos nos vamos a contagiar de Covid-19 y que se curarán los que nuestro Amoroso Padre Dios determine y que morirán los que nuestro Amoroso Padre Dios determine, habla muy mal del Dios en el cual crees, el cual pareciera no tener en control todo lo que acontece en el mundo. Yo jamás me sentiré culpable si te enfermas porque eso habrá de ocurrir en algún momento, no porque yo te haya contaminado, sino porque todos nos vamos a contagiar. Te pido que te llames a reflexión y evalúes el Dios al cual sirves, porque este Dios debería mantener tu paz espiritual incólume, y un pequeño virus no debería alterarla.

 

     

Escrito por: Noel José Méndez Ydrogo

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