Un hermoso Cántico, que aparece en el Libro de Isaías, reza así:
Yo pensé: «En
medio de mis días
tengo que
marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del
resto de mis años».
Yo pensé: «Ya no
veré más al Señor
en la tierra de
los vivos,
ya no miraré a
los hombres
entre los
habitantes del mundo.
Levantan y
enrollan mi vida
como una tienda
de pastores.
Como un tejedor,
devanaba yo mi vida,
y me cortan la
trama».
Día y noche me
estás acabando,
sollozo hasta el
amanecer.
Me quiebras los
huesos como un león,
día y noche me
estás acabando.
Estoy piando
como una golondrina,
gimo como una
paloma.
Mis ojos mirando
al cielo se consumen:
¡Señor, que me
oprimen, sal fiador por mí!
¿Qué le diré y qué pensaré
si Él es quien lo hace?
Huye de mí el
sueño
por la amargura
de mi alma.
Los que Dios
protege, viven
y entre ellos
vivirá mi espíritu.
Me has curado,
me has hecho revivir,
la amargura se
me volvió paz
cuando detuviste
mi alma ante la tumba vacía
y volviste la
espalda a todos mis pecados.
El abismo no te
da gracias,
ni la muerte te
alaba,
ni esperan en tu
fidelidad
los que bajan a
la fosa.
Los vivos, los
vivos son quienes te alaban:
como yo ahora.
El padre enseña
a sus hijos tu fidelidad.
Sálvame, Señor,
y tocaremos nuestras arpas
todos nuestros
días en la casa del Señor.
Este hermoso
Cántico lleva por título: «Cántico de Ezequías, rey de Judá, cuando estuvo
enfermo y sanó de su mal» y lo encontramos en Isaías 38:10-20.
La historia nos
cuenta que, el rey Ezequías, un soberano justo y amigo del profeta Isaías,
había quedado afectado por una grave enfermedad, que el profeta Isaías había
declarado mortal (Isaías 38,1). La palabra dice que «Ezequías volvió su rostro
a la pared y oró al Señor. Dijo: "Señor, dígnate recordar que yo he andado
en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto haciendo lo recto a tus
ojos". Y Ezequías lloró con abundantes lágrimas. Entonces le fue dirigida
a Isaías la palabra del Señor, diciendo: "Ve y di a Ezequías: Así dice el
Señor, Dios de tu padre David: He oído tu plegaria, he visto tus lágrimas y voy
a curarte. (...) Añadiré quince años a tus días"» (Isaías 38,2-5). En ese
momento brota del corazón del rey el cántico de acción de gracias.
Este hermoso
Cántico de Ezequías me hace concluir que, durante algunos días, a Ezequías lo
atacó una virosis similar al coronavirus. Esto lo digo porque, yo también sollozaba
hasta el amanecer (debido a las altas fiebres que me hacían respirar con
vehemencia), yo también sentí que un león desgarraba mis huesos (los dolores
musculares y óseos que sufrí me imagino se asemejan a un león desgarrando los huesos
de su presa).
A diferencia de Ezequías,
yo no piaba como una golondrina, no gemía como una paloma,… yo no me quejaba,
porque desde el principio de mi convalecencia YO SABÍA QUE ERA EL MISMO DIOS
QUIEN ME HABÍA ACTIVADO ESA VIROSIS. Esto lo llegó a comprender Ezequías cuando
dice: «¿Qué le diré y qué pensaré si Él
es quien lo hace?». Comprender esta hermosa realidad trae mucho sosiego
ante cualquier convalecencia, porque, si Dios es el que causa todas las cosas, qué
sentido tiene que «pierda el sueño» pensando en mi futura muerte, si ésta solo
podrá ser evitada por nuestro Amoroso Padre Dios.
Al igual que
Ezequías, todos somos seres mortales, que como tejedores, devanamos cada día de
la vida, algunos tejiendo males y otros tejiendo bienes. Tristemente, la gran
mayoría de la humanidad se ha olvidado de que es mortal. La gran mayoría de la
humanidad no quiere aceptar que en cualquier momento sus vidas serán levantadas
y enrolladas, como una tienda de pastores. La gran mayoría de la humanidad vive
como si fueran hacerlo eternamente, muy despreocupados por competir en buenas
acciones (Corán 5:48), como si contaran con mucho tiempo para anotar puntos
positivos.
MIEDO A MORIR
Resulta que, materialmente
¡NO SOMOS ETERNOS! Nuestra vida material dura lo que nuestro Amoroso Padre Dios
determine que durará. ¡JAMÁS DEPENDERÁ DE NOSOTROS EL AÑADIRLE A NUESTROS DÍAS
LOS MISMOS QUINCE AÑOS QUE LE AÑADIERON A EZEQUÍAS!!! Pero si está en nuestras
manos el acumular la suficiente cantidad de puntos positivos que nos permitan
llegar a la muerte en paz, satisfechos de haber cumplido con las misiones asignadas,
felices de haber avanzado algunos cuantos escalones.
A diferencia de
la mayoría de la humanidad actual, los miedos de Ezequías ante la cercana
muerte, tenían sus fundamentos en lo que se creía en aquellos tiempos que
ocurría al morir. Según la antigua concepción de Israel, la muerte introducía
en un horizonte subterráneo, llamado en hebreo sheol, donde la luz se apagaba,
la existencia se atenuaba y se hacía casi espectral, el tiempo se detenía, la
esperanza se extinguía y sobre todo no se tenía la posibilidad de invocar y
encontrar a Dios en el culto. Por eso, Ezequías recuerda ante todo las palabras
llenas de amargura que pronunció cuando su vida estaba resbalando hacia la
frontera de la muerte: «Ya no veré más al Señor en la tierra de los vivos».
También el salmista oraba así en el día de la enfermedad: «Porque en el reino
de la muerte nadie te invoca, y en el abismo, ¿quién te alabará?» (Salmos 6:6).
En cambio, librado del peligro de muerte, Ezequías puede reafirmar con fuerza y
alegría: «Los vivos, los vivos son quienes te alaban, como yo ahora» (Isaías
38,19). Los temores de Ezequías, ante la cercana muerte, estaban fundamentados erróneamente
en que, en el lugar a donde según iban los espíritus al morir, era un lugar en
donde no se podía alabar más a Dios y Ezequías deseaba seguir viviendo para
seguir alabando a nuestro Amoroso Padre Dios.
En nuestros
tiempos, la gran mayoría de la humanidad sabe lo que realmente ocurrirá al
morir. Todo la humanidad, de una manera u otra, ha sido instruida en lo que se
cree ocurrirá después de morir y, por eso, la gran mayoría de la humanidad
tiene miedo a morir, porque inconscientemente sabe que no se están esforzando
lo suficiente para lograr los méritos que les ayuden a alcanzar una vida mejor.
La gran mayoría de la humanidad intuye (porque sus espíritus se lo recuerdan) que
están acumulando puntos negativos, en vez de positivos, y por eso tienen un
terrible miedo a la muerte, porque no quieren entregar cuentas ante El Justo
Juez.
Hoy recibí los
resultados de los exámenes que me realizaron en la clínica. Como era de
esperarse di positivo al Covid-19. Luego, eso ya lo sabía yo y estimaba que
también mis cercanos. Pero resulta que no, mis más cercanos al enterarse de que
yo portaba el Covid-19 se asustaron muchísimo y comenzaron a tratarme como un
paria. Las dos personas que viven conmigo se encerraron en sus habitaciones y
una de ellas gritaba -como para que yo la oyera- qué cómo era posible que yo
tenga Covid-19 y no haya observado las medidas de bioseguridad para con ellas.
Sus quejas me
daban risa, porque durante mi convalecencia yo procuraba alejarme de ellas y
ellas parecían querer estar cerca de mí. Yo pasé dos días encerrado en mi habitación
y ellas pasaban a hablar por teléfono, porque según que en mi habitación hay
mejor recepción. Al ver que parecía que a ellas no les importaba que yo tuviera
Covid-19, pues yo salía, de vez en vez, de mi habitación, para despejarme un
poco. Mientras estaba fuera de mi habitación yo procuraba que ellas no se me
acercaran, pero parecía que a ellas no les importaba, porque no observaban las
distancias prudenciales que se deben mantener entre las personas, aun sin
sospechar la existencia del Covid-19. La que se estaba quejando a viva voz
tiene su mesita de trabajo cerca de mi hamaca y, como a mí me encanta estar en
mi hamaca, yo alejaba aquella mesa de trabajo para evitar que ella estuviera
cerca de mí. Extrañamente, cada vez que me iba a mi habitación a descansar o a
leer, al volver a mi hamaca encontraba la mesa de trabajo de aquella
quejumbrosa cerca de mi hamaca, lo que me hacía suponer que la quejumbrosa no
le importaban las medidas de bioseguridad Covid-19 o no estaba consciente de
que yo tenía Covid-19, pese a que siempre se los recordaba. En algunos momentos
en los cuales me encontraba en mi hamaca las dos se metían a mi habitación a
hablar y se acostaban en mi cama. Yo me asomaba y les decía: “Recuerden que el
virus es invisible y que con seguridad esta habitación está inundada de
Covid-19 porque yo no acostumbro a abrir las ventanas de esa habitación para
que se ventile porque no quiero que entren zancudos”. Ante mis palabras ellas
se levantaban dizque preocupadas y decían: “¡Ay sí! ¡Verdad! ¡Vámonos!”. Pero
esto ocurrió varias veces, así que no entiendo que vengan a reclamarme medidas
de bioseguridad.
La quejumbrosa
también grito una extraña queja: “El cargo de conciencia que le va a quedar si
yo muero por contagiarme”. Esto también me dio risa porque cómo puedo
establecer yo que, si ella se llegara a enfermar, sería porque yo la contagié.
En estos días la quejumbrosa se fue a una fiestecita de cumpleaños y yo le
sugerí que no era conveniente reunirse en tiempo de pandemia. Ella, con el mal carácter
que la caracteriza, me espetó: “Tampoco debemos quedarnos encerrados para
siempre. ¡No me voy a convertir en una antisocial!”. Resulta que a los días se
enteró que una de las personas que asistió a la fiestecita estaba contaminada
de Covid-19. ¿Ahora ella espera que yo me sienta mal si comienza a sufrir de
Covid-19? ¡POR FAVOR!!! ¡UBÍQUENSE!!! Yo no tendré cargo de conciencia si se
llegan a enfermar porque jamás sabremos en donde se contaminaron y en efecto
jamás voy a pensar que fui yo. ¡EL VIRUS ES INVISIBLE!!!, y nunca sabremos en
donde realmente nos contagiamos. Aunque en mi caso yo sí lo sé.
Yo entiendo que
la quejumbrosa lo que tiene es miedo a morir y esto a pesar de ser una persona
muy devota, que suele rezar el Rosario, que asiste frecuentemente a Misa y
participa en labores de caridad. Una persona con este perfil religioso debería
comprender que la pandemia lo que nos vino a recordar es que todos estamos en
las Manos de nuestro Amoroso Padre Dios, Quien Es El que sostiene nuestra
respiración. Una persona con este perfil religioso debería tener claro que: “Ni
una sola hoja de un árbol se cae sin que Dios lleve cuenta de ello”. Una
persona con este perfil religioso debería comprender que las pandemias son
activadas por Dios para llamarnos a reflexión, para recordarnos que sin Él nada
somos. Una persona con este perfil religioso debería saber que en la Biblia
existen muchos casos de pandemias, activadas por Dios, y que suelen durar cerca
de siete años, por lo que esta persona con este perfil religioso debería tener
claro que todos en el planeta nos vamos a contagiar y, según lo decida nuestro
Amoroso Padre Dios, algunos se curarán y otros se morirán. ¿Culpables? Ya nos
lo aclaró Ezequías al preguntar: «¿Qué
le diré y qué pensaré si Él es quien lo hace?».
Pero como dicen
por allí: “El miedo es libre”. Por mi parte yo no tengo miedo a morir porque sé
que me he esforzado por avanzar espiritualmente. No tengo miedo a morir porque
sé que Aquel que inició su labor de rescate de mi alma no descansará hasta
lograrlo, en consecuencia estoy segurísimo que moriré cuando haya acumulado los
puntos suficientes para ganarme la Amistad de nuestro Amoroso Padre Dios.
Junto con la
confirmación de que mi proceso viral fue a causa del Covid-19, también me llegó
el informe médico confirmando que el proceso estaba en remisión. No sé si esto
signifique que nuestro Amoroso Padre Dios añadirá 15 o 100 años más a mis días,
porque también pudiera ocurrir que en unos días me muera tomándome un vaso con
agua. ¡La muerte siempre está a la puerta!, de allí que no importa cuántos años
vayamos a vivir, lo que importa es que mientras estemos vivos debemos
esforzarnos por anotar puntos positivos en el Juego por nuestros Mundos.
A mi quejumbrosa
cercana le pido que no tome a mal estas palabras que he escrito, puesto que no
las he escrito por odio sino por amor. Realmente no me afectan tus quejas, pero
si me entristece tu deficiente fe, porque el hecho de que aún no comprendas que todos nos vamos a contagiar de
Covid-19 y que se curarán los que nuestro Amoroso Padre Dios determine y que
morirán los que nuestro Amoroso Padre Dios determine, habla muy mal del Dios en
el cual crees, el cual pareciera no tener en control todo lo que acontece en el
mundo. Yo jamás me sentiré culpable si te enfermas porque eso habrá de ocurrir
en algún momento, no porque yo te haya contaminado, sino porque todos nos vamos
a contagiar. Te pido que te llames a reflexión y evalúes el Dios al cual
sirves, porque este Dios debería mantener tu paz espiritual incólume, y un
pequeño virus no debería alterarla.
Escrito por: Noel José
Méndez Ydrogo
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