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Hace un breve tiempo,
se me invitó a participar en un Concurso Literario, en el cual se me solicitaba
escribir un máximo de 500 palabras, en las cuales relatara algún acto de
superación vivido. Si bien es cierto que, en mi vida he realizado muchos actos
de superación personal (como por ejemplo: graduarme en la Universidad, los
diferentes amores vividos,…), tenía mis dudas acerca de participar en el
concurso literario, porque no hallaba en mi mente algún acontecimiento que
pudiera hacer la diferencia con otros relatos. Pensándolo un poco descubrí que:
¡VIVIR ES DE HECHO UN ACTO DE SUPERACIÓN PERSONAL!
Inquiriendo un poco más
al respecto, concluí que, el secreto de lograr esta hermosa travesía de VIVIR,
sin morir en el intento, está en aferrarse a algo, lo que solemos llamar UNA RAZÓN PARA VIVIR. En mi caso, esta razón lleva por nombre FE.
Sí, fe en un algo superior a mí, a quien suelo dirigirme como: “NUESTRO AMOROSO
PADRE DIOS”.
Ahora bien, ¿qué tiene
que ver la fe con un “relato sobre superación personal”? Pues que, tener fe
parece sencillo pero en la práctica es horriblemente complicado, porque la fe
implica creer en algo que muchas veces parece estar escondido detrás del telón
de mi pequeño teatro, al cual denominamos VIDA.
Grandes personajes de
la historia, aparentemente llenos de fe, han dudado en ciertos momentos de sus
vidas que Dios esté presente durante sus muchas vicisitudes. Quién no recuerda
a Moisés dudando en Meriba, cuando golpeó la peña dos veces, como prueba de su
poca fe.[1] O
el cansancio de Elías, al sentirse abandonado del Misterioso.[2] O
la queja de Jeremías, al sentirse acosado por los poderosos de la tierra.[3]
Así como a estos y a muchos otros, a todos se nos presentan dudas acerca de la
existencia de un Amoroso Padre Dios, puesto que, si es “tan amoroso”, ¿por qué
parece estar escondido durante los más difíciles acontecimientos de nuestra
vida?
Al igual que en la vida
de ustedes, mi transitar por la vida no ha sido siempre sencillo. Tampoco lo
fue para grandes personajes de la historia, a quienes hoy en día consideramos
Santos. Algunos de estos, como San Agustín, antes de dejarse encontrar por
Dios, lo buscó por caminos tortuosos. Finalmente, al dejarse encontrar, gritó: “¡Tanto
tiempo te buscaba tan fuera de mí y Tú tan dentro de mí esperando que yo llegara!”. Conocer esta hermosa vivencia
me hizo concluir que, no es Dios quien se esconde, SOMOS NOSOTROS LOS QUE NOS
ESCONDEMOS DE ÉL, como ha ocurrido desde el principio: «Tuve miedo de Ti y me escondí».[4]
¡Somos
nosotros los que nos escondemos de Dios! ¡Por eso vivimos en tiempo de
increencia
¡Y
Dios siempre está tan dentro de nosotros esperando que lleguemos!
¿Pero
como llegaremos si no hay quien nos oriente?
¡No pretendo ser un cura![5],
pero ciertamente soy ‘sacerdote, profeta y rey’. Títulos que adquirí cuando mi hermosa mamá
decidió bautizarme católico. Desde muy niño, decidí hacerme consciente y digno
de estos hermosos cargos, conferidos a mí, por Dios. Ciertamente, este hermoso
transitar por el camino de la fe, se parece mucho a una montaña rusa, no por
causa de Dios, sino a causa de mi frágil humanidad. Hermosas subidas, en las
que nos dejamos tomar de la mano, por nuestro Amoroso Padre Dios, para
posibilitarle que nos acerque a Él. Pero tristemente, nuestros deseos de mundo,
nos vuelven niños malcriados y nos soltamos de esas hermosas manos, para caer
súbitamente a lo desconocido.
¡El camino de la fe es
frágil y delicado! Tan frágil y delicado que con cualquier tropiezo dejamos de
caminar. Tanto así que, los templos están abarrotados de personas que creen
creer. Personas que rezan y rezan, pero que no saben lo que es orar. Personas
que dicen amar a Dios a quien no ven, pero sienten aversión por su hermano, a
quien si ven. Personas que brillan en el templo, pero oscurecen sus hogares…
¡Personas que creen creer!
Estos comportamientos
ateo funcionales cada día son más evidentes y proliferan abundantemente. Hoy en
día hay templos religiosos abandonados, que son utilizados como discotecas.
Muchas congregaciones religiosas, pertenecientes a una misma fe, pelean entre
sí, casi hasta quitarse la vida, por el simple deseo de que se les otorguen los
derechos sobre algún bien material. He oído hasta de sacerdotes que se han
prendido fuego para reclamar sus derechos sobre las ofrendas monetarias…
¡Vivimos en tiempos de increencia!
Los eventos señalados NO
son franquicias de los cristianos. Fueron y son realizados por creyentes de
todas las religiones. Es mi pensar que, estos comportamientos ateo funcionales
son el producto de nuestra inmensa flojera por crecer. La gran mayoría de los
creyentes se conforman con las leves informaciones que, acerca de Dios, reciben
de sus ‘guías’. Muy pocos creyentes deciden ir un poco más allá de donde les dejaron.
Pablo nos comentó: «Cuando yo era niño,
hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui
hombre, dejé lo que era de niño»,[6] y
esto lo dijo quien llegó a comprender que, pese a sus grandes conocimientos
acerca de Dios, siempre habría algo que aprender, para comenzar a crecer, para
dejar de ser un niño. Debo dejar de
balbucear, para comenzar a hablar. Es preciso que del simple rezo pase a la
oración… Es vital que de la simple fe pase al ‘conocimiento cierto’.
Quizás algunos de
ustedes saben que, Pablo afirmó haber sido educado por Gamaliel.[7] Pero
cuántos de ustedes saben que, Gamaliel fue un reconocido doctor de la fe judía,
quien había alcanzado tanto renombre entre sus contemporáneos, que incluso
convenció al Sanedrín de sus tiempos de dejar de perseguir y lastimar a los cristianos. Las
hermosas palabras del cierre de su discurso fueron: «Olvídense de estos hombres. ¡Déjenlos! Porque si esto que hacen es de
carácter humano, se desvanecerá; pero si es de Dios, no lo podrán
destruir. ¡No vaya a ser que ustedes se
encuentren luchando contra Dios!»[8]
Gamaliel era un fariseo nada ortodoxo, más bien era un liberal, que consideraba
que todos los acontecimientos de la vida eran, de alguna manera, dirigidos o
permitidos por Dios.
Pese a haber sido
educado por un fariseo liberal, Pablo manifestaba ser instruido «estrictamente
conforme a la ley». Su instrucción liberal comenzó a ‘saborearla’ después de
caerse del caballo. Con el paso del tiempo, al dejar de ser un niño, se atrevió
a reprender al primer Papa, afirmando que: «…por las obras de la ley nadie será justificado».[9] ¡TANTAS COSAS QUE SE NOS PIERDEN POR EL POCO
INTERÉS QUE MOSTRAMOS POR LAS COSAS DE DIOS!
De esto justamente se
tratan los artículos, que integran este Blog. Así como mis Libros y Novelas,
este Blog pretende ser un llamado a la liberalidad de la fe. Liberalidad que
sólo se alcanza ‘leyendo, investigando, profundizando’ todo aquello que te
hable de Dios. Es preciso cuestionarnos constantemente acerca de la fe que
practicamos. Quedarnos con las primeras ‘plegarias’ que nos enseñaron no es
suficiente para llegar a ser un Verdadero Creyente, aquel que no solamente
‘cree que Dios existe’ sino que ¡SABE QUE DIOS EXISTE!
Como verdadero creyente
me confieso ecuménico, más que cristiano. Por lo que espero que ninguno de
ustedes se ofenda, porque para mí no existe una religión verdadera, sino más bien un
ÚNICO DIOS VERDADERO. Claro está, al haber sido instruido como cristiano, es
evidente que, la mayoría de mis afirmaciones las sustenten en el Libro que más
conozco: LA BIBLIA.
Creo fervientemente que
¡SOLO HAY UN DIOS!, bajo muchas advocaciones. Creo que la meta está en rendirle
culto al Dios del Amor. En mi humilde entender no importa que nombre le des a
ese Dios, siempre y cuando esa fe te conduzca a ejercitar tu amor por toda la
creación, respetándola y sirviéndola, con tu mirada puesta siempre en nuestro
Amoroso Padre Dios.
Ven, te invito a
leerme, pero también a cuestionarme. Quizás en tus cuestionamientos encuentre
nuevas luces para crecer. Quiero compartir lo poco que sé con ustedes, sin
ánimo de ofenderles. Anímense también a cuestionarse. ¡Dejen de ser niños!
[1]
Números 20 y Deuteronomio 32, 51-52
[2]
1 Reyes 19
[3]
Jeremías 20, 7-18
[4]
Génesis 3, 10
[5]
Cura: Significa ‘guía’.
[6]
1 Corintios 13, 11
[7]
Hechos 22, 3
[8]
Hechos 5, 34-39
[9]
Gálatas 2, 16
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